Por Horacio Verbitsky
El primer olvido del presidente Maurizio Macrì fue la Patria, en la fórmula de su juramento, limitado a Dios, la honestidad y los libros sagrados. En correspondencia, se pronunció ante la Asamblea Legislativa por “un nacionalismo más sano”, frase trunca por la falta del término de comparación. ¿Más sano que cuál? La misma discreción tuvo su promesa de sostener “todos nuestros reclamos soberanos”, que tampoco especificó, “sin que eso impida un normal relacionamiento con todos los países del mundo”. No parece el estilo de Susana Malcorra enviar ositos a los kelpers, pero es obvio que las Malvinas se perderán en las últimas páginas de la agenda, en línea con la célebre declaración de Macrì a este diario, cuando dijo que un país tan grande no necesita sumar el déficit adicional que implicaría la recuperación de las islas. El mal de la Argentina es la extensión, como decía Sarmiento y ridiculizaba Jauretche. Tampoco parece quedar espacio para la reivindicación contra las deformidades del sistema financiero internacional sobre la que giró la política exterior argentina en los últimos años. De hecho, el master Daniel Pollack ya recibió a un enviado oficial para discutir cómo se cumplirá el inaceptable fallo del juez de Wall Street Thomas Griesa. Peor aún, en su diálogo telefónico con Barack Obama, Macrì compró completo el breviario estadounidense para las relaciones con Subamérica: colaboración contra “el extremismo violento”, el narcotráfico, que según Malcorra sería “uno de los grandes temas de la agenda latinoamericana”, el cambio climático y “la agenda comercial y económica”. Mientras en todo el mundo se hace evidente que los bombardeos aéreos lejos de acabar con el terrorismo fundamentalista son su mejor cartilla de reclutamiento, incluso entre europeos y estadounidenses nativos, el gobierno de PRO se dispone a poner de nuevo al país en esa mira tremenda, como ya ocurrió dos décadas atrás.

